lunes 25 de agosto de 2008

Juliaca a la altura del cielo

Aún no era claro para mí la diferencia entre ciudad, departamento o provincia. Cómo podría serlo si apenas reconocía en mi mapa tricolor a las famosas Costa, Sierra y Selva. Sin embargo, ya resonaba en mis oídos – y era parte de mi lacónico vocabulario – la palabra Juliaca. Juliaca no era para mí ni ciudad, ni departamento, ni provincia…ni pueblo, ni distrito, ni barrio…era tan sólo el lugar que acogía unas cuantas veces al año a mi Papi Raúl, mi buen abuelo. ¿Para qué? no lo sabía, ahora lo sé. Pero claro que por entonces esperaba con ansias su retorno; una vuelta recargada con queso, dulces y chompas de alpaca.
Viajar a Juliaca no significaba turismo o placer para mi abuelo; era, en realidad, la ruta que le permitía vender los instrumentos musicales que aquí, en Lima, permanecían en el taller sin posibles compradores. Es que mi Papi poseía el arte para fabricar trompetas, bajos y trombones; los que en época de Fiestas Patrias, por ejemplo, se lucían en las marchas escolares o hasta en los desfiles militares.
Pero no siempre el trabajo agitaba las ruidosas habitaciones del taller. A veces – contranatura – se silenciaban. Era entonces que tras envolver bien los instrumentos y enviarlos a través de una agencia, se embarcaba hacia Juliaca, donde los recibía. Lo que seguía era cuestión de perseverancia, afabilidad y pacto.
Años más tarde, cuando dejé de pensar en los viajes a Juliaca de Don Raulito Trujillo como dos puntos aislados llamados partida y llegada, escudriñé en aquel tramo que los unía: qué hacía mi abuelo en Juliaca, por qué Juliaca…cómo es Juliaca.
Juliaca es la capital de la Provincia andina de San Román, ubicada en el departamento de Puno. Fue nombrada como ciudad en 1908, tras ser creada en la administración de Simón Bolívar, el Libertador, hacia 1826.
Está situada estratégicamente para fundamentar su principal actividad económica en el comercio; pues es el camino obligado de todo aquel que, por vía terrestre, se dirija hacia Cusco, Arequipa, Lima, Puno y Bolivia. Grandes ferias – durante todo el año – se realizan en Juliaca a la espera de heterogéneos compradores; y lo son en la medida en que esta ciudad tiene de todo para todos.
Para ello mi abuelo llegaba a sus tierras; para venderles a los comerciantes de tales mercados, los instrumentos musicales que luego serían parte de orquestas y bandas que buscaban renovar sus herramientas de trabajo en época de fiestas patronales. También tenía ciertos viejos clientes que exportaban hacia Bolivia y zonas aledañas; eran ellos los que muchas veces – aun sin estar plenamente convencidos – cedían ante la dulce mirada del buen señor Raúl, que proponía entregar la mercadería y que luego se le fuese pagando a plazos. “Vas a ver que van a salir” – me cuenta mamá que le decía a mi angustiada abuela antes de partir.
Si quiero y añoro a Juliaca sin haberla visitado es porque me acerca tanto al recuerdo de mi amado abuelo; que, en honor a su trabajo, partió – y no precisamente a Juliaca – un viernes 28 de julio de 1995; época que, en antaño, fuese de intensa labor. Además, ocurrió en una fría mañana como las de Juliaca. Como rememorando su estancia en medio de la meseta altiplánica, resistiendo el tiránico invierno de Juliaca y los fuertes vientos que – acarician y golpean (depende) – la mayor parte de los meses; no en vano se le denomina también “La Ciudad de los vientos”. De allí que el nombre “Juliaca” provenga de la voz quechua xullasca, que mutando a Xullaca pasó a significar “nevando”.
Escuché decir que también se le llama: “Ciudad Calecetera”, debido a que muchos de sus pobladores se entregan a la fabricación de calcetas – o calcetines –, chompas, ponchos, bufandas, gorros y guantes con lana de alpaca u oveja; nada más gratificante si de abrigo se trata. Bueno, aunque para calentarse también es menester probar el chairo, un caldo preparado a base de chuño molido, carne de cordero y diversas verduras: un plato que mi abuelo debió probar más de una vez.
La bella Juliaca es también solidaria. Es en ella que recae todo el mercado de la Región Puno, además de contar con casi todos los medios de comunicación. Tiene servicio de trenes y buses. Incluso es reconocida por el Aeropuerto Internacional Inca Manco Cápac, que tiene la pista de aterrizaje más larga de todo Latinoamérica. ¡Cuánto has crecido Juliaca!, diría hoy mi Papi Raúl y hasta seguro que ni Don Simón Bolívar imaginó tal agudeza de los juliaqueños para aprovechar – con piel de acero y ánimo de guerra – sus condiciones geográficas y su espíritu como pueblo.
Pero hay más en Juliaca: hay fe y tradiciones.
Su patrona, por ejemplo, es la Virgen de la Candelaria - como para la mayoría de puneños - a quien le deben la creación de la famosa Diablada. Atraída por su origen, al ser la danza que corona sus principales festividades, solicité el relato de esa historia a una juliaqueña de corazón. Aunque nacida en Lima, sus padres hicieron de ella fiel amante de esa tierra, que conserva sus raíces familiares.
La leyenda comienza con la muerte del “chiru-chiru” un vago llamado así por su larga y sucia cabellera, igual a la del pájaro que lleva este nombre. Un día, tras haber recibido una fuerte golpiza por parte de un empleado – cuya furia despertó al burlarse de él tirando piedras en su casa – apareció muerto en su guarida con los brazos extendidos a manera de cruz. Frente al cuerpo inerte, una bella mujer cargando a un niño en brazos estaba pintada en el muro, era la Virgen de la Candelaria, quien – de acuerdo a la historia – había socorrido al “chiru-chiru” hasta llevarlo a buen resguardo, donde finalmente halló fatal destino. De ahí, nace la promesa de rendirle culto a la Virgen de la Candelaria y adoptarla como su patrona, a quien ofrecerían rituales y homenajes como símbolo de devoción y respeto. Una de las formas de demostrar su fervor fue precisamente la creación de la Diablada, que hace alusión a “el tío”, como llamaban al diablo, personificado por grandes máscaras con cuernos, de ojos saltones y gesto siniestro. Esta danza – en tanto rito – tendría doble beneficio, pues se creía también que Satanás se paseaba por los socavones y así sus mineros se hallaban en constante peligro. Era entonces que a través de la romería anual en honor a la Virgen de la Candelaria – es decir, la Diablada – buscaban enojarlo y alejar sus castigos.
Claro que la narrada, es tan sólo una de las tantas versiones que – de pueblo en pueblo – van adquiriendo nuevos matices: más realismo en unas, mayor fantasía en otras; pero todas unidas por decantar a la misma figura religiosa y la misma fe hacia ella.
A propósito, mi abuelo también tenía su propia interpretación de cada historia, marcaba su sello hasta en el cuento más clásico. No olvidaré, por ejemplo, que gracias a él conocí a unos “Tres chanchitos” más reales, más amigos, más como lo éramos mi hermano y yo al escuchar a mi abuelo contar la historia. Habiéndoles advertido Don Chancho de los peligros que encontrarían de cruzar la valla del patio, entró a la casa y dejó jugando a los tres chanchitos al fútbol. La diversión era “redonda” – por algo eran chanchitos – hasta que, de repente, uno de ellos da un mal pase y lanza la bola fuera de la cerca del patio. Fue entonces que asomando su feo rostro, peludo y grotesco, apareció el lobo tomando entre sus manos la pelota de los tres chanchitos e invitándolos a recogerla. Como no eran tontos y Don Chancho los había alertado ya, corrieron presurosos a avisarle a su papá que el lobo quería comérselos. Entonces, Don Chancho – cogiendo el fierro que usaba para trancar la puerta – se acercó furibundo al lobo y dijo: “Oye lobo, ‘jijunagranputa’, ¿cómo te atreves a molestar a mis hijos?” y golpeando al lobo con total furia le rompió el hocico y gracias a eso jamás volvió a molestar a los tres chanchitos”.
Como era lógico reclamamos al principio las casitas de paja, de madera y ladrillo; pero nos fuimos encandilando poco a poco con la historia del abuelo; que – sin embargo – jamás dejó en nosotros huella de violencia o majadería, si eso pensaban, como mi madre al oír la versión de Don Raúl. Y he de confesar también que aun tratando de conservar los neologismos y clásicas expresiones de mi abuelo al narrar “Los Tres Chanchitos”, mucho de su esencia se me escapó de las manos. Quizá, de la misma forma, se me escurra también entre los dedos Juliaca; pero cuando la visite trataré de aprehenderla tan fuerte que podré ofrecerla limpia, fiel y genuina a mis recuerdos, para que acompañen a los que de ella formó mi abuelo…aun sin conocerla.